¡Qué vago soy!
Nada más lejos de la realidad, nadie es vago cuando quiere hacer deporte y mejorar su calidad de vida. En absoluto.
Muchas veces tenemos este pensamiento rumiante cuando vamos a realizar algún tipo de actividad deportiva. Y sí, a todos nos pasa y nos seguirá pasando. Por eso, cuando escucho a alquien decir: “¡Buf, es que nunca tengo ganas de entrenar, soy muy vago!”
Mi cabeza hace “clic” y se identifica con esa persona. Y, ¿sabes por qué tenemos este pensamiento? Porque este sesgo nos hizo sobrevivir y ahorrar energía cuando vivíamos en las cavernas. Imagínate tener que cazar, alimentar a tus hijos, protegerlos para que ningún depredador se los comiera, buscar agua, etc. y encima en tu tiempo libre decirle a la tribu: “Chicos, me voy a hacer footing, en un rato vuelvo.” Nos hubiéramos extinguido, o bien de estrés o de cansancio. En esa época en la que la comida escaseaba, habría sido imposible.
Por eso, en general, todos somos “vagos” y nos cuesta tanto ponernos a hacer ejercicio. Está en nuestros genes y estos no diferencian si estamos en una época de escasez o de abundancia de alimentos.
En aquel momento el movimiento no era una opción: si no te movías, literalmente te morías. Ahora ocurre algo parecido, pero lo vemos a largo plazo. Si ahora eres sedentario, en el futuro condicionará tu salud el no haberte movido. Con todo esto, a día de hoy sabemos que estamos concebidos para la acción: si no te mueves, envejeces, acumulas más grasa, y por tanto, te enfermas, te duelen las articulaciones, la espalda y te sientes más cansado.
Nuestro organismo es una máquina perfecta dispuesta a recibir estímulos, responderlos, y finalmente, crear adaptaciones para sobreponerse, aunque también existe la posibilidad de que pueda enfermar porque ya no puede más. Por esto, la dosis hace el veneno. Es verdad que hay unas pocas personas que “se adaptan muy bien” al alcohol, la comida basura o al tabaco, estímulos nocivos para nuestra salud. Y es que nuestro organismo, más tarde o más temprano, tiene una reacción para cada acción.
Por ejemplo: si te alimentas siempre con comida basura, tu organismo acabará enfermando. Las hormonas de la saciedad y del hambre se desajustan, emocionalmente te sientes atado a esos “alimentos”, y además, si no te mueves, acumulas un excedente de grasa que te podría convertir en una persona con sobrepeso u obesidad.
Por otro lado, si haces ejercicio a diario, y sobre todo, entrenamiento de fuerza, tu cuerpo también crea adaptaciones. Así se sobrepone a este estresor hormético (el levantamiento de peso) que beneficia nuestro cuerpo, haciéndolo más fuerte fisica y mentalmente.
En estos ejemplos, nuestro organismo hace lo que mejor sabe: adaptarse a un estímulo. Estas acciones, ya sea comer, entrenar, beber, dormir, movernos, etc. son a lo que nos ajustamos con nuestra dosis particular. Por ello, cuanto más veces lo repitamos, mejores expertos seremos, y cuanto menos lo hagamos, más miedo, dudas y menos ganas tendremos de mejorar. Y esto, querido lector, es normal, porque ahorrar energía nos ha permitido perpetuarnos a lo largo de milenios y somos herederos de lo que durante tantos siglos nos aferró a la vida.
Así pues, cuando vuelvas a decirte: “¡Qué cansado estoy! ¡Hoy no tengo ganas de entrenar! Pero, ¿qué me pasa? ¡Esto es una mierda!”
Piensa que es tu cerebro pidiéndote que frenes, que no gastes más energía y que a saber cuándo puedes volver a conseguir alimentarte. Por ello, cuando te ocurra esto, puedes hacer dos cosas: entrenar sin ganas (aquí ya actúa la disciplina y se necesita bastante tiempo para conseguirla) y la otra opción, es sencillamente, no entrenar, porque tu cuerpo te está pidiendo una tregua del trabajo que lleva acumulado.
“El progreso no ocurre por accidente, sino trabajando en ti a diario.”
Epicteto
¡Salud y vida!😉🤟🏿
Comentarios
Publicar un comentario